El fino erotismo de Mary Francis o Paca Gabaldón

Mary Francis no se avergüenza de haber sido considerada una especie de mujer-objeto, llena de erotismo, en los años cinematográficos de la Transición, aunque matiza que “yo sólo enseñé los pechos”. Lo curioso es que, recordando su filmografía –treinta y cinco títulos- en la que abundan comedias de corte comercial y muy discutible calidad, observa que, de haber tenido la fortuna de ser dirigida por realizadores de prestigio, de esos llamados de “cine de autor”, no le hubiera importado desnudarse completamente ante las cámaras. Pero resulta que hubo de conformarse con rodar a las órdenes de directores menos deslumbrantes para ella: Juan de Orduña, Pedro Lazaga, Mariano Ozores, Antonio del Amo… De prestigio asimismo, pero con argumentos de muy corto recorrido, vapuleados a veces por la crítica.

Lo cierto es que Mary Francis pudo llegar a más en aquel cine español del “quiero y no puedo”. En el recuerdo queda para muchos su imagen sensual, la fotogenia de una bella barcelonesa, de nombre María Francisca Gabaldón Serrer, nacida el 10 de mayo de 1949. Hija de una bailarina clásica, que recitaba muy bien, hasta los dieciocho años, por exigencias familiares, vivió en diferentes países: Turquía, Italia, Argentina, Chile, Perú. Estudió Arte Dramático y demostró sus habilidades como bailarina y cantante. A España no regresó hasta 1967, que es cuando se dio a conocer como presentadora en un par de programas: “Musical 14,05” y “Musical 68”. El realizador de ambos espacios, Enrique Martí Maqueda, se enamoró locamente de ella y convivieron durante siete años, periodo que Mary Francis recordaría luego como una experiencia lamentable, harta de los celos de su compañero, que no la dejó ni a sol ni a sombra. Le amargó la vida, según confesó.

En vísperas de ese cine del destape del que ella fue una de las protagonistas, aunque quiera olvidarse, rodó películas infumables, cuyos títulos ya dan idea de por dónde iba cada historia: El reprimido,Madres solteras, Dormir y ligar, todo es empezar, Eva, ¿qué hace este hombre en tu cama?… En La espuela es cuando lució sus pechos en una escena de ducha compartida con Manuel de Blas, año 1976, año en el que también rodó secuencias parecidas en La violación y en El fin de la inocencia. En esta última hacía de amante de José Sazartornil “Saza”, a quien se le iban los ojos detrás de las “mamellas” de Mary Francis. Y ahí decidió no seguir más destapándose de cintura hacia arriba en el cine, pero no en algunas revistas del ramo, aceptando mostrar sus encantos. Eso sí: sin cobrar un duro. En la portada de Interviú la sacaron un día con esta leyenda: “Como una diosa griega”. Por entonces, su caché cinematográfico fluctuaba entre el millón y medio y dos millones de pesetas por película.

Mary Francis, icono de esos años en los que quedarse en cueros vivos estaba a la orden del día en nuestras películas para gozo de compatriotas reprimidos, considera que “se abusó de los desnudos por parte de productores que querían forrarse a costa nuestra”, con aquellas dobles versiones, unas para el mercado nacional y otra para el exterior. “Para nosotras enseñar los senos era como pecar y se le daba una trascendencia que ahora, afortunadamente, no tiene”. Le manifestaba la guapa actriz al cronista José Aguilar, autor de un interesante libro (“Las estrellas del destape y la transición”) que para ella no fue una liberación desnudarse: “Lo que no me gustó fue la manipulación comercial del desnudo, que puede ser morbosa, sucia”. Ella estaba acostumbrada a ir a playas nudistas, no le importaba quedarse allí en pelota picada, pues “siempre que el cuerpo tenga una estética agradable no hay por qué ocultarlo”. Pero ya en el cine Mary Francis opinaba que enseñar sus vergüenzas era distinto. Mas no había otro remedio que pasar por el aro, siquiera como ella enseñando sólo las tetas, si quería continuar su carrera: “Éramos tontas, floreros de adorno…”.

No siendo una actriz ambiciosa, en 1977 decidió aspirar a otro tipo de películas. Cambió su denominación artística, pasando a anunciarse como Paca Gabaldón. En adelante interpretó papeles de mayor fuste y sobre todo sin verse obligada al despelote: en “La plaza del Diamante”, “Fanny Pelopaja”, “Redondela”, “El bosque animado”, “La diputada”… En teatro estrenó “Una noche en su casa, señora” y en televisión se mantuvo varios años en una serie muy popular, “El súper”, medio en el que reconocía ganar mucho más dinero que en el cine, amén de popularidad.

Se casó con el industrial catalán Valentín Grau, del que se separó. En 1986 fueron acusados por la policía desplazada a su casa de Las Rozas (Madrid) de tenencia de cocaína, episodio que ella siempre diría después se debió a un injustificado chivatazo. Pasó Paca Gabaldón por un periodo de inactividad, hasta que Alex de la Iglesia la recuperó para su premiadísima película La Comunidad. Pero ya en el presente siglo se percató que las actrices que en España atraviesan los cincuenta años encuentran infinidad de dificultades para trabajar; no se escriben, al parecer según ella, papeles para mujeres de esa edad. Así es que se fue tomando la vida con calma, reflexionando en los últimos tiempos sobre una posible jubilación. No obstante, en su haber cabe anotar dos interpretaciones notables en la escena. Una, apareciendo en el escenario en silla de ruedas, encarnando a la legendaria Joan Crawford en la comedia dramática Tras las huellas de Bette Davis. Y otra, más reciente, en el inolvidable personaje que creara Marlene Dietrich en el filme de Billy Wilder Testigo de cargo. En ambas funciones Paca Gabaldón dejó sentado que sin ser ya aquella sensual criatura de sus películas de destape se ha convertido en una estupenda actriz. Con genio, con esa voz grave que tan bien matiza, sin perder tampoco su encanto de atractiva mujer en el tiempo de su madurez.

Via: Libertad Digital

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