El coche de Lucía

Por fin ya tengo en mi poder las notas finales de mis estudios y os puedo decir que la media ha sido un 8,68, por lo que podré seguir estudiando lo que me gusta. Nunca es tarde para estudiar. Desde aquí quiero agradecer a todos mis profesores la labor que desarrollan y el ánimo que nos dan a los alumnos calificados como “adultos”.

Además os diré que el relato erótico, El coche de Lucía, se llevó el segundo premio del II Certamen Literario celebrado ayer en la localidad alicantino de Pilar de la Horadada, lugar en que resido. Para mí lograr este premio ha significado mucho, pues quiere decir que lo que escribo gusta. Os dejo el relato para que opinéis si lo creéis conveniente, o sencillamente para que disfrutéis de un relato erótico.

Lucía salía del hospital en donde trabajaba como diplomada en Enfermería. Era una fría y lluviosa noche de diciembre. Sintió un frío helado y se apretó más el abrigo contra su cuerpo, dirigiéndose hacia su coche, que estaba en el parking del centro hospitalario. Cuando intentó arrancar se dio cuenta de que algo falla, pues no había sonido de motor.
Entre la lluvia, el frío y el mal turno que había tenido, lo único que le faltaba era que el coche se estropeara. Tras varios intentos desesperados de poner en marcha el coche, abrió su bolso y cogió el teléfono móvil. Buscó el número de Paco, dueño del taller de reparaciones al que su padre acudía cada vez que tenía un problema con su coche. La llamada fue respondida por una voz que no reconoció, pero ésta se identificó como el hijo del mecánico.

Esa persona tomó la dirección del lugar, comunicándole que iba hacia allí con la grúa. Lucía se quedó dentro del vehículo pues seguía lloviendo. Cuando llegó el vehículo remolcador observó que quien lo conducía no era Paco. Se trataba de un hombre maduro y bastante atractivo, quien se presentó como Luis. El individuo levantó el capó del coche y descubrió que lo que fallaba era la batería, por lo que le sugirió que la podía acercar hasta su domicilio y, más tarde llevaría el coche al taller para su reparación, pues era muy tarde y su padre no estaba en casa. Como no dejaba de llover y conocía de vista al hijo del mecánico aceptó el ofrecimiento.

Una vez dentro del vehículo ella le explicó en dónde debía dejarla. Al pasar frente a una cafetería, Luis, así se llamaba el hombre, le preguntó si le apetecía un café y ella, sin pensarlo dos veces, aceptó el ofrecimiento. Necesitaba no pensar en la nefasta tarde que había tenido en el hospital. Se había producido un accidente múltiple y había fallecido un niño y su madre. Por lo que hablar con otra persona ajena al trabajo y ante una bebida caliente no le pareció nada mal.

Lo que se inició con una taza de café acabó con varios licores, ya que la conversación era muy agradable. Lucía le contó que hacía muy poco que se había salido de un divorciado poco amigable, mientras que él llevaba varios años de soltería. Luis, quien se dedicaba a la abogacía, había venido a pasar unos días con sus padres con la intención de solucionarle a su progenitor los trámites para el cierre del taller. La charla fue interrumpida por el dueño de la cafetería, quien iba a cerrar el negocio. Lucía pensó que era una lástima, pues se sentía muy a gusto con Luis. Sus ojos eran verdes y su boca invitaba al beso. Hacía tanto tiempo que no se relacionaba con alguien del sexo contrario y que no perteneciera al trabajo, que le sentó mal tener que abandonar el local.
De vuelta a la grúa, y sin decirse ninguna frase, ambos se miraron a los ojos, que iban directos a los labios y, sin decir palabra alguna, ambos se juntaron en un beso apasionado, que enardecieron sus deseos. La pareja se besaba con deleite, sin mirar si alguien pasaba por allí, pues en lo único que pensaban era en saborearse mutuamente. La manos de Luis se dirigieron a los senos de ella y fue acariciándolos con suavidad, hasta llegar a sus pezones, que estaban ya muy duros. En su interior deseaba abrirle la camisa y saborearlos, pues los presumía deliciosos.

Lucía, quien sentía espasmos de placer, dirigió sus manos hacia la entrepierna para descubrir que el miembro masculino estaba erecto. Le desabrochó el botón del pantalón y fue bajando, con cuidado, la cremallera. Introdujo la mano y sacó del slip el miembro viril. Mientras tenía sujeto el falo con la mano, le dirigió una mirada. No necesitó la respuesta de él ya que sus labios mudos le decían que lo realizara. Comenzó con pequeñas succiones con la lengua y los labios.

La enfermera necesitaba más, quería sentir un orgasmo que la llevara al éxtasis, así que acercó la mano de él hacia su propio sexo, que estaba húmedo y sediento de placer. Ambas manos iniciaron un juego que culminó con sendos orgasmos. Sin decir palabra alguna, se arreglaron las ropas y continuaron el camino a casa de ella. Una vez allí, Lucía le dijo que si deseaba tomar la última copa.

Luis, que llevaba algún tiempo sin mantener relaciones íntimas, no se lo pensó y aceptó, pues sospechaba cómo podía acabar la noche. La deseaba y ansiaba poseerla. Lucía le indicó el armario en donde estaban las bebidas y las copas. Ella necesitaba ir el baño para ponerse más cómoda. El abogado comprobó que era una casa sencilla, pero decorada con buen gusto, y fue mirando cada habitación, hasta que, sin darse cuenta, llegó al dormitorio principal. Al abrir la puerta, observó que Lucía tenía una toalla alrededor de su cuerpo y gotas de agua por lo que supuso que acababa de darse una ducha.
No era una mujer delgada, pero tenía unas curvas que le encantaron. Se acercó a ella y la fue acariciando despacio, a la vez que le iba dando dulces besos por el cuello. Lucía comenzó a jadear y se dio la vuelta.

Cuando sus ojos estaban frente a frente, no hicieron falta palabras, la toalla cayó al suelo. Aunque era invierno, ella no sentía frío alguno. Comenzó a desnudarlo, sin dejar de besarlo. Mordisqueaba sus labios con suavidad y las lenguas se fueron entrelazando hasta que sus salivas quedaron fundidas en una sola.

Luis la tomó en sus brazos y la dejó en la cama. Sin mediar palabra la penetró despacio y ambos iniciaron movimientos suaves y acompasados para ser cada vez más rápidos y profundos. Las manos de ella recorrían la espalda de él, deslizándolas con suavidad, desde el inicio del cuello hasta llegar a sus glúteos y allí las dejó, para ir empujando las nalgas de él contra su pubis. No podía dejar de gemir de placer. Sus piernas rodeaban la cadera del hombre.

Por su parte él, iba lamiendo y mordisqueando los pezones de Lucía; no podía aguantar más, necesitaba explotar y así se lo dijo. Embistió de forma brutal y ambos tuvieron sendos orgasmos que los dejaron exhaustos, pero muy dichosos.

Se quedaron un rato en la cama charlando, pero Lucía se quedó dormida entre sus brazos. Luis se entretuvo en observarla detenidamente. Tenía una cara pecosa y una piel muy suave, quizás tuviera alrededor de cuarenta años. Sin ser una bellezón, resultaba una mujer madura muy atractiva. Sin dudarlo, le gustaba. Además, respecto al sexo en ningún momento del acto se cohibió, lo que le satisfizo mucho.

Cuando despertó Lucía ya era de día y, entonces, recordó la noche anterior. No se lo podía creer y miró hacia el lado contrario de la cama. Allí había una nota, que decía que el coche se lo traería a la hora del café, acompañada de una sorpresa. Lucía se preguntó si no sería una locura, pues Luis era un hombre que le gustaba en todos los sentidos y sabía que, después, o antes del café, volvería a desearlo y acabarían manteniendo sexo.
Sin embargo, ella esa tarde tenía turno en el hospital y, sin pensarlo dos veces, llamó a una compañera que le debía un favor para que la sustituyera. María, que así se llamaba su colega, le preguntó si le ocurría algo y Lucía le comentó que tenía un espantoso dolor de cabeza. Resuelto ese problema, la enfermera se pasó la mañana en la cocina, realizando un pastel para tomar con el café a la vez que iba imaginando cual será la sorpresa que Luis le tendría preparada. Pero esa es otra historia……

Águeda Conesa Alcaraz

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