Una ducha sensual por Selin

Vicente había llegado temprano a casa aquella tarde. Alicia no estaba, había dejado escrito en una nota que volvería pronto. Poco más tarde alguien llamó a la puerta.
Abrió y su sorpresa fue mayúscula al ver que era su vecina Beatriz, una morena deslumbrante, presente a menudo en sus fantasías. En cuanto le propuso que la ayudase a colgar unos cuadros, aceptó encantado la oportunidad.
La tarea resultó sencilla, pero mover el enorme sofá le dejó sudoroso, pues la tarde era bastante calurosa. Beatriz se percató y le propuso que se refrescase con una ducha.
La siguió hasta el cuarto de baño, que era espacioso y donde había una ducha que se cerraba con una mampara translúcida.
—Venga, una ducha te sentará de maravilla.
Vicente se sentía algo confuso, la imaginación le sugería mil imágenes, pero no sabía que hacer ahora. Beatriz encarriló la situación con sencillez.
—Ve entrando en la ducha, mientras voy por un albornoz.
Vicente se dio cuenta de que no había dicho que se duchase, sino que entrase, nada más. La cabeza le daba vueltas, allí podía pasar cualquier cosa.
Se quitó la ropa y entró en la ducha. Pensando en quitarse el sudor, cerró la mampara para no salpicar fuera y abrió el grifo. Un abundante chorro de agua templada le hizo sentirse mejor y con el ánimo bien dispuesto para lo que pudiera venir a continuación.
Entonces Beatriz entró de nuevo y se acercó hasta la ducha, entreabriendo la mampara.
—Si te apetece, te puedo enjabonar la espalda.
—Esto…, si…, bien… —aceptó, aunque no sabía si solo sería eso o el principio de algo más.
—Pero…, la cosa es que me da vergüenza que me veas—dijo Beatriz bajando algo la voz, con un tono apocado.
—Bueno, no te preocupes, no hace falta…
—Pero hay una manera…, tengo un antifaz, de esos para dormir. ¿Me dejas que te lo ponga? —las palabras de Beatriz surgían remolonas, sugerentes, con un tono tentador que cautivó a Vicente.
—Si no hay más remedio —Eso no era lo que le apetecía realmente, pero sería mejor que nada—, vale, hagámoslo.
—Entonces gírate para que lo pueda poner.
Vicente se puso de espaldas y las manos de Beatriz se deslizaron con suavidad por su cabeza y taparon sus ojos con el antifaz. Fue un roce estimulante que le aceleró el pulso y le impulsó a mover las manos hacia atrás, en busca de…
—¡Ah, no! Así no, no seas malo que te tendré que castigar. —exclamó riendo Beatriz.
Vicente entendió esas palabras como una invitación, por lo que insistió en el gesto. De pronto sintió un roce de tela en las muñecas y, antes de que se diese cuenta, las tenía unidas y sujetas.
—¿Pero qué es esto? —protestó mientras intentaba liberarse, sin éxito.
—Te avisé y no me hiciste caso —le explicaba cerca del oído—, para tu conocimiento es el cinturón del albornoz, bastante resistente por cierto.
—Oye, perdona…, que… —su voz sonaba ahora entre irritada y suplicante.
—¡Shhh! —Beatriz le pidió silencio y un breve momento después continuó— Ahora relájate y disfruta.
Vicente sintió como las manos se movían, extendiendo el jabón por hombros y espalda, un masaje que si por una parte le relajaba, por otra, de una manera que no se esperaba, le estimulaba la circulación y los sentidos. Ya había comprobado que no podía liberarse y se dejó hacer.
Las manos le giraron y pasaron al pecho, donde juguetearon un poco, con algún pellizco a los pezones, lo que le arrancó un sorprendido gemido de placer y le trajo por un fugaz momento la imagen de Alicia.
—Ves como te gusta y tú que te quejabas —sus palabras se entremezclaban con pequeños sonidos de risa.
Las manos llegaron algo más abajo de la cintura, para seguir luego por el costado, lo que provocó que se le escapase a Vicente un sonido de frustración.
—¡Ja, ja! Hay mucho por recorrer todavía, no tengas prisa —la mezcla de risas, palabras, algunas risitas entre medio y el suave movimiento de las manos mantenían casi en trance a Vicente, que ya participaba del juego, buscando con sus gestos dirigirlas hacia donde le apetecía, pero con escaso éxito. Aunque lo cierto era que encontraban sus rincones con gran facilidad, casi parecía que conocían el mapa de sus secretos.
Un reguero de jabón se coló hacia abajo al final de la espalda. La mano entró en el surco, provocándole unas sensaciones encontradas, acrecentadas cuando la otra recorrió el hueco entre las piernas. No pudo menos que retorcerse.
—¡Uau! ¡Qué respingo!
Su cuerpo ya estaba muy sensible, así que notó el paseo por las piernas mucho más de lo que esperaba. Primero hacia abajo. Luego hacia arriba, hasta… casi hasta donde se sentía palpitar.
Sin poderlo evitar, al perder el contacto, se echó hacia delante…
—¡Vaya! ¿Falta jabón en algún sitio?
Las manos ignoraron su demanda y volvieron a recorrer su cuerpo de arriba abajo. Con lentitud, recreándose en cada lugar, insistiendo con tal habilidad en sus zonas más sensibles, que parecía que ya las conociese. No obstante, allí seguía su palpitación, apenas apaciguada, deseosa de recibir una caricia final.
Se había resignado a quedarse con la frustración, cuando las manos enjabonaron su ansia con fruición, explorando con sutil suavidad cada detalle, en una combinación de roces y caricias que le provocó una sensación muy intensa, pero que no llegó a desbordar, ya que duró poco, demasiado poco para aplacar su deseo.
—¡Uff! No sé yo si sería mejor el agua fría para aclarar todo este jabón… y de paso apaciguar los calores —las palabras, junto con las risitas, le sacaron de su estupor.
—¡No! ¡Eso no, por favor! —suplicó asustado Vicente.
—¡Tranquilo! ¡Ja, ja! ¡No so…, no soy tan mala!
El agua templada recorrió su cuerpo, frustrado después de casi tocar el cielo. Después de un buen aclarado y tras un breve momento de espera, Beatriz le soltó las manos y le quitó el antifaz.
Vicente no se atrevía a mirarle a la cara, pues además se sentía avergonzado. Consciente de su desnudez se puso el albornoz.
—Estaré en el salón —dijo Beatriz y salió del baño.
Vicente se vistió, fue luego hasta el salón, pero solo para disculparse de que se le hacía tarde y volvió a su casa.
Siguió dándole vueltas a lo que le había pasado. No le dijo nada a Alicia cuando ella volvió a casa. No sabría qué decirle, ni como hacerlo si acaso tuviese la intención. Ya acostados, le costaba coger el sueño y se giró hacia su lado para intentar dormirse.
—Cariño —comenzó a decirle Alicia—, ¿te parece que colguemos mañana los cuadros que he comprado esta tarde?
La sorpresa le impidió decir nada, ¿qué significaba aquello…, acaso…?
—Y después una buena ducha… tú y yo solos… y esta vez hasta el final.
Vicente intentó volverse, pero Alicia, adivinando su intención, se pegó a su espalda y se lo impidió. Luego le susurró al oído:
—Mañana, cariño, mañana será divertido. Y también sabrás por qué vale más pájaro en mano, que en el piso de la vecina.

Fusión freak

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s